Monasterio de Santa Teresa y San José2018-02-14T04:33:38-04:00

Monasterio de Santa Teresa y San José

La Habana, Cuba

Diligencias de D. Francisco Moreno para una fundación de Carmelitas en La Habana. Pónese la primera piedra. Salen las fundadoras de Cartagena de Indias. Se fija el sitio para la construcción del convento. Inauguración de la nueva casa. La M. Catalina de San Alberto, su primera superiora. La M. Bárbara de la Santísima Trinidad. Bárbara de Santa Catalina. Comunidades de Carmelitas refugiadas en La Habana. Se traslada el convento a mejor sitio, dentro de la ciudad.

Parecía algo extraño que en la Perla de las Antillas no flotase la capa blanca del Carmelo reformado, como flotaba ya en tantos otros pueblos  del continente americano. La iniciativa para que las hijas de Santa Teresa se establecieran en la capital de Cuba, se debió al rico profesor de Medicina, doctor D. Francisco Moreno de Alba, y a su esposa Dª. Ana Tadino, ambos muy devotos del Serafín de Ávila, y como Dios no les dio hijos, quisieron hacer herederos de su rico patrimonio a las Carmelitas Descalzas. ¡ Lástima que D. Francisco no hubiera sido tan cuerdo y prudente como devoto y generoso ! (1).

El ilustre médico comenzó a realizar las diligencias para la fundación que proyectaba hacer en sus propias casas, que, según documentos antiguos, estaban “en la calle que de la plazuela y Cuerpo de Guardia principal iba al Hospital de San Francisco de Paula”. Por escritura pública  se había comprometido, además, a dar a la nueva comunidad sesenta y cinco mil pesos, en números redondos, con tal que aquella no pasase de dieciséis religiosas de velo negro y cuatro de obediencias (2). Carlos II, después de consultar a la Audiencia Real de Santo Domingo en la Isla Española (2 de agosto de 1698), dio con mucho gusto su autorización, “respecto de florecer tanto esta Religión en virtud y santidad… y por ser cada día mayor la población de la ciudad de La Habana, a causa de ser la principal escala de la América y considerar corto el número de  los conventos de religiosas”. La Célula real se expidió en Madrid a 14 de marzo de 1700. En 20 de octubre del mismo año la mandó cumplir D. Diego de Córdoba Laso de la Vega, gobernador y capitán general de Cuba y electo ya de las Provincias de Tierra Firme y presidente de la Real Audiencia de Panamá.

El doctor Moreno puso mucho empeño en que la fundación se verificase en su propia casa, como se indicaba en la Real célula dicha, pero el obispo de la diócesis, D. Diego Evelino de Compostela, uno de los prelados más insignes y beneméritos que ha tenido la Isla de Cuba (3), que había ofrecido generosamente diez mil ducados para comenzar las obras, fue a inspeccionar la vivienda que se destinaba a convento y no le pareció a propósito para comunidad de carmelitas descalzas. Creía pequeñas para morada religiosa las casas del Doctor, y había un callejón estrecho con salida al mar, que servía de paso a mucha gente desgarrada, que alteraría la paz de las religiosas y no las edificarían cosa con sus conversaciones nada limpias (4). Don Francisco creyó obviar ambos inconvenientes con facilidad: el primero, comprando un solar contiguo, que medía cincuenta y cinco varas de fondo y diecinueve de frente, para levantar en él la iglesia conventual; el segundo, porque consiguió de la ciudad se cerrase el callejón y que abriese una plazuela delante del pórtico de la iglesia.

Ni con esta mejora quedó el Obispo conforme, pero dio su licencia para hacer el convento (22 de mayo de 1701), y no retiro la limosna de diez mil pesos que tenía ofrecida. El convento tendría la advocación de Santa Teresa y dependería del Ordinario de La Habana. Don Diego Evelino puso el 23 de mayo del mismo año, con toda solemnidad la primera piedra del convento, en el solar contiguo a las casas del doctor Moreno y en presencia del gobernador y capitán general, don Diego de Córdoba. El 24 del mismo mes nombraba al fundador, D. Francisco Moreno administrador de la nueva fábrica conventual, y capellán a don Francisco Menéndez Márquez, cura de la parroquial mayor de San Cristóbal de La Habana.

En junio, del doctor Moreno elevaba una exposición al Obispo, para que se dignara pedir tres religiosas a la comunidad de Carmelitas Descalzas de Cartagena de Indias, que habrían de ser las piedras fundamentales de la comunidad habanera, a fin de que ésta comenzara la vida regular con toda la perfección que quería la Sta. Madre.  En la exposición a Su Ilma. pedía a las Madres Catalina Ángela de San Alberto y las dos que la susodicha eligiere para ese efecto, a fin de que, como primeras fundadoras, “hagan y ejerzan los oficios de priora, supriora y vicaria, y maestras de novicias, y como tales instruyan en la observancia y cumplimiento de la disciplina regular a las religiosas novicias que hubieran de entrar”.

Así lo hizo el Sr. Obispo, disponiendo (13 de junio de 1701) que el licenciado D. Juan Fernández de Lara, capellán y confesor de la futura comunidad, fuera a Cartagena, y del mejor modo que pudiera, recabase del Obispo de aquella diócesis (5) a la dicha M. Catalina Ángela de San Alberto y con otras dos religiosas, para que, embarcadas con su capellán, el nombrado D. Juan Fernández, vinieran a La Habana en el primer bajel que se ofreciese. Las religiosas escogidas para la fundación de La Habana, además de la ya mencionada, fueron la M. Bárbara María de Sta. Catalina, todas tres excelentes religiosas y con las prendas que se requerían para su delicado cometido en el nuevo convento.

Así se hallaban las cosas, y la fábrica de la nueva iglesia y convento no progresaban cuando parecía razonable por no ser del agrado del Obispo. El doctor Moreno conocía muy bien esta actitud de Su Ilustrísima y hasta había acudido a Su Majestad para que modificase respecto del sitio de la fundación su Real cédula de 14 de marzo de 1700. Don Francisco apeló al Gobernador de la Isla para que urgiera al Sr. Obispo el cumplimiento de la voluntad real, que deseaba se ejecutase la nueva fundación en sus propias casas. El Gobernador pasó la petición a su Ilustrísima, y éste contestó que habiendo surgido nuevos inconvenientes para la fundación en las casas de D. Francisco Moreno, había acudido al Rey para que se pudiese fundar en otra parte de la ciudad. Los documentos cruzados entre las autoridades y el fundador con esta ocasión, son de enero de 1702 y fueron bastantes.

El doctor Moreno estuvo demasiado tenaz en su punto de vista, dando con ello muchos disgustos al venerable Obispo y a las religiosas, cuando llegaron a saberlo.

Las Carmelitas, acompañadas de su capellán, salieron de Cartagena el 24 de noviembre de 1701 y a fines de enero del año siguiente arribaron al puerto de Batabanó, cerca de La Habana (6). Por orden del Sr. Obispo (24 de enero de 1702), se hospedaron en las casas de la ayuda de la parroquia de Jesús del Monte, a una legua de la ciudad, hasta que al día siguiente, a la hora que su Ilustrísima señalase, pudieran hacer la entrada en La Habana. Intención del Prelado era recibirlas con toda solemnidad, llevarlas luego a ver las obras que se estaban haciendo por el doctor Moreno y que fueran ellas mismas las que resolvieran, si querían aquel sitio o preferían otro más tranquilo.

 Apenas habían puesto pie las Descalzas en Jesús del Monte cuando recibieron un emisario del doctor Moreno, portador de una carta suya, en que les decía que había desistido de la fundación y que podían regresar a su convento de Cartagena. Las religiosas quedaron extrañamente sorprendidas de esta misiva y no salían de su asombro ante actitud tan insospechada, y hasta tuvieron unos momentos de  indecisión sobre continuar procurando la fundación cubana o volverse a su clausura. Prevaleció lo primero, que sostuvo con grande  resolución la M. Bárbara de Sta. Catalina. Al día siguiente, 25 de enero, reanudaron el viaje las fundadoras en compañía del beneficiado D. Agustín de Bustos y Letuziondo, quien les cobró tan sincero y santo cariño, que fue su más fiel servidor hasta su muerte, acaecida en 1758. El Sr. Obispo, las autoridades de La Habana y lo más granado de las Ordenes religiosas habían salido a recibirlas fuera de la Puerta Real y luego las acompañaron hasta la iglesias del Santo Cristo del Buen viaje, mientras que la artillería disparaba salvas en la muralla. En el Santo Cristo celebró misa de acción de gracias Don Francisco Méndez Márquez, durante la cual cantó algunas piezas la capilla de música de la Catedral y se terminó con el “Te Deum”.

El recibimiento que la ciudad hizo a las hijas de Santa Teresa fue grandioso sobre toda ponderación, así por el concurso de personas, como por el entusiasmo y alegría que manifestó el pueblo habanero. Por indicación del Prelado, quedaron de momento hospedadas en unas casas adosadas a la iglesia del Santo Cristo del Buen viaje. Las religiosas, por comulgar, llegaron a La Habana sin haberse desayunado, y así continuaron hasta muy entrada la tarde en que al bondadoso Sr. Obispo se le ocurrió preguntarles si habían comido. Esta mortificación callada de las religiosas edificó mucho a Su Ilustrísima y a toda la ciudad, cuando luego tuvo conocimiento de lo ocurrido.

Para terminar del mejor modo posible el desagradable pleito que había entre Su Ilustrísima y el fundador D. Francisco Moreno sobre el lugar donde habían de levantar el convento Las Descalzas, hizo el Sr. Obispo que éstas vieran las iglesias del Sto. Cristo del Buen viaje, la de S. Diego y la de Nuestra Sra. de Belén, y además edificios y solares anejos a ellas, a fin de que escogieran libremente la que mejor les pareciese para su vida claustral. Las religiosas se inclinaron por los solares contiguos a nuestra Señora de Belén, por estar en sitio sano, tranquilo, casi en el centro de la ciudad, y disponer de una iglesia nueva y muy capaz. El doctor Moreno se avino a ello y la fundación se hizo en este sitio contando con la iglesia, que el Obispo les cedía de muy buena gana, sin más condición que la de poder fabricar en ella un modesto enterramiento para sí, por la devoción que tenía a Nuestra Señora de Belén y a Santa Teresa de Jesús (7). También impuso algunas otras condiciones, poco onerosas que pueden verse en el auto que Su Ilustrísima levantó el 28 de enero de 1702 y se guarda en el archivo de la comunidad.

Siendo algo estrecha la primera morada que Su Ilustrísima asignó a las religiosas, por orden suya pasaron al santuario de San Diego, donde permanecieron hasta que se verificó el traslado al convento de Nuestra Señora de Belén. Durante este tiempo, fueron diligentemente atendidas en sus necesidades por el señor Compostela, aunque hubieron de sufrir mucho con las veleidades del fundador, D. Francisco Moreno, que unas veces estaba conforme con que la fundación se hiciera en Belén, y otras amenazaba con apelar a todos los medios legales para que se cumpliera la Real cédula. Semejante conducta retrasaba las obras, y las religiosas hubieron de escribir en 25 de febrero de 1702 una carta muy respetuosa al Sr. Obispo, quejándose de los cambios de opinión de D. Francisco, y suplicándoles les colocara cuanto antes en sitio donde pudieran guardar mejor su observancia y recibir novicias.  Además, le indicaba fijase la cantidad que el fundador debía dar para el sustento de las religiosas, porque hasta la fecha sólo Su Ilustrísima las había socorrido.

Varias cartas se cruzaron por tan enojoso asunto entre el Sr. Obispo y D. Francisco Moreno, hasta que, por fin, el 7 de marzo de 1702 firmaron ambos y las religiosas una concordia, en que constaba hallarse conformes todos con que se edificase el convento junto a Nuestra Señora de Belén.  El 17 del mismo mes, las religiosas pudieron ya trasladarse, en una carroza, de las habitaciones de San Diego a las que tenían preparadas en Belén, y se puso la clausura. Al día siguiente entraron dos jóvenes, una para corista – D.ª Gertrudis Pano, que en religión se llamó Gertrudis de Santa Teresa-  y otra para hermana de velo blanco, por nombre Francisca Díaz, que luego se llamó Francisca María de la Concepción. El 17 de marzo, Su Ilustrísima nombró a la M. Catalina Ángela de San Alberto, para priora de la nueva comunidad; a la M. Bárbara de la Trinidad supriora, y maestra  de novicias a la M. Bárbara de Sta. Catalina. Además, les dio licencia para recibir a varias aspirantes al hábito, que nombra y especifica en la misma autorización. Finalmente, el 19 del  mismo mes, festividad del Patriarca San José se inauguró la nueva fundación descalza, poniendo el Santísimo Sacramento el Sr. Obispo, que celebró también de pontificial (8). A la inauguración asistió lo  más calificado de La Habana comenzando por su Gobernador y Capitán general.

Así quedó constituida la comunidad de Carmelitas Descalzas de La Habana, bajo la advocación de Santa Teresa de Jesús (9),  que tanta gloria ha dado a la insigne Reformadora por su observancia regular y por sus virtudes eximias. La ciudad se les fue aficionando. Para el 4 de octubre de 1703 ya habían tomando el hábito nueve jóvenes, y poco a poco se fue completando el  número que las Constituciones permiten. Desde su fundación no les han faltado nunca vocaciones, y cu crédito en la Isla es inmejorable. Las fundadoras colombianas gobernaron la casa con mucha prudencia y celo de las Leyes, e iniciada así la vida descalza con toda regularidad, continuarla luego es más fácil, a poco cuidado que se tenga.

Piedra fundamental de esta casa fue la dicha M. Catalina Ángela, religiosa de talento, mucha cordura y ánimo varonil para superar las dificultades de la vida. Había visto la luz primera en Cartagena de Indias, el 5 de mayo de 1632. Sus padres, honrados y piadosos, fueron D. Miguel Cabrera Betancourt y doña María Cristina Pavón naturales de las Islas Canarias. Educada Catalina Ángela muy religiosamente, se entregó desde niña a las prácticas de piedad. Muy solicitada para el matrimonio en su juventud por un pariente suyo, no le dio muchos oídos. Sentía cierta fuerza interior hacia el claustro, donde ingresó en 30 de octubre de 1650, recibiendo el hábito de manos del obispo de Cartagena, D. Francisco Rodríguez de Valcarse. El 3 de diciembre del siguiente año se consagró a Dios por los santos votos religiosos.

Desde el noviciado se vio que esta religiosa tenía muy buenas disposiciones para la vida teresiana. Humilde, modesta y muy inclinada al retiro y mortificación, llevó desde un principio la observancia con  entera regularidad y añadió a la austeridad de la vida descalza otras muchas mortificaciones que  la obediencia, conocido su fervor, la permitió. Entre éstas, fue una la de ponerse todos los viernes a la cabeza una punzante corona de espinas en memoria de la que llevó Nuestro Señor. Fue siempre muy devota de la Pasión, y en su honor, no sólo pasó largas horas de meditación, sino que se industrió para reproducirlas en sí con ingeniosos métodos mortificativos. Nuestro Señor permitió que por algún tiempo sufriera muchas humillaciones y contradicciones, pero de todas triunfó su profunda virtud. En la pared de su celda había grabado esta máxima, que fue su norte de conducta en muchas cosas: “Hacerse necio al mundo y será sabio delante de Dios”.

En la vida interior realizó grandes progresos y fue muy favorecida de Nuestro Señor con carismas y dones sobrenaturales. Una Relación antigua de su vida, escrita por una religiosa del convento, dice: En la comunión recibió particulares favores, moviéndosele algunas veces la Sagrada Forma dentro del paladar como una mariposa cuando bate las alas;  otras, llenándosele la boca de sangre y de una dulzura tan celestial, que no encontraba comparación. En otra ocasión, en el año de 1691, día de San Pedro, llegando a comulgar y suplicando a Nuestro Señor le concediese la humildad y contrición, que al recibir la Santísima Hostia sintió un gran dulzor y que le rebosaba por los labios un licor muy suave”.

Conocedor de su espíritu el obispo de Cartagena, Ilmo. Sr. D. Antonio de Benavides, mandó (22 de noviembre de 1661) en obediencia a la Madre Catalina que escribiera cuantos favores le hubiera comunicado Nuestro Señor, “desde que comenzó a recibirlos hasta aquel momento, para memoria de los venideros, beneficio suyo, y gloria de Dios y de la Iglesia militante”.Obedeció la humilde religiosa y compuso un cuaderno bastante grande en conformidad con el precepto de su Prelado, que la expulsión de que fue objeto más adelante la comunidad hizo desaparecer, sin que tengamos noticia de su paradero ni de su contenido (10). Existe tradición en las Descalzas de La Habana haber dicho en loor suyo D. Francisco Menéndez, confesor de la M. Catalina: “Que necesitaba que alguna persona inteligente, sin lastimar la sustancia de la obra, la pusiese en método, con distinción de materias, puntos y capítulos, dejando en la historia de esta vida tan ejemplar el grano, limpio de pajas de profusiones e impertinencias, al modo, podemos decir…, como lo hizo el venerable siervo de Dios, el P. Luis de la Puente, con la vida de la venerable D.ª Mariana de Escobar, y con la obra que corre de sus visiones, revelaciones y mercedes que le hizo Nuestro Señor”.

Ya hemos visto que la M. Catalina Ángela fue escogida para fundadora y primera piedra de las Carmelitas de La Habana, y lo mucho que tuvo que sufrir los primeros años de su estancia en el nuevo convento, principalmente por los caprichos y peregrinas veleidades del fundador don Francisco Moreno. Sólo una religiosa tan sacrificada, prudente y decidida, puso soportar tantas impertinencias para salvar la fundación habanera. Es donde mejor se probó el temple de su alma. Asentada la comunidad y tomadas las riendas de su gobierno, procuró afianzar bien la santa observancia en el espíritu de la Santa Madre, con mucha bondad, humildad y constancia, al propio tiempo que procuraba se hiciera el convento en las mejores condiciones posibles y mejoraba la iglesia de Belén, que luego se llamó de Sta. Teresa.

Gobernó el nuevo convento hasta su santa muerte, acaecida por enfermedad de hidropesía el 16 de enero de 1711, a la edad de setenta y ocho años y recibidos con grande fervor los Santos Sacramento. Durante el tiempo que fue superiora tuvo la satisfacción de profesar a doce novicias, que fueron excelentes religiosas.

Nueve años después que la M. Catalina, se despidió para la eternidad la M. Bárbara María de la Stma. Trinidad, primera supriora y maestra de novicias de la comunidad de La Habana. Tuvo su nacimiento (8 de diciembre de 1658) en Medellín (Colombia), y fue hija del capitán don Mateo Castrillón Bernaldo de Quirós y de doña María Vázquez Guardacaminos, que vivieron por algún tiempo en la ciudad de Antioquia, en la hoy República colombiana. El 9 de abril de 1679, cuando contaba veinte años, le impuso el hábito en las Carmelitas de San José de Cartagena, el Obispo de esta diócesis, D. Antonio Sáez Lozano. Después de un noviciado muy ejemplar, profesó al año siguiente en manos de la M. Juliana de la Madre de Dios.

Cuarenta y tres años tenía cuando fue digna de que se la escogiera para fundadora de las Carmelitas de La Habana. Aquí desempeñó con ejemplar solicitud el difícil cargo de maestra de novicias. Fue muy afable de genio, caritativa, mortificada y puntualísima en la observancia. Apasionada del culto divino, procuró toda la solemnidad compatible con la vida de las Descalzas para las fiestas del Santísimo Sacramento y de la Santísima Virgen. No hubo oficio en la comunidad que no desempeñara en los dieciocho años que vivió en esta casa. Dos veces fue priora (1711-1714 y 1717-1720), y durante ellos cuidó con solicitud, así de la observancia regular, como de la parte material y económica del convento. Tenía parientes ricos, y aún quedan rastros en el convento de su generosidad con la M. Bárbara.

Cargada de virtudes se fue al cielo cuando iba a cumplir pronto sesenta y dos años de edad, el 27 de agosto de 1720, después de recibir con grande tranquilidad los últimos Sacramentos.

Bárbara María de Santa Catalina se llamó la más joven de las religiosas destinadas a introducir la vida reformada de Santa Teresa en Cuba, pues apenas contaba veinticinco años. Era hija de La Habana, donde había nacido en 13 de diciembre de 1676, de Gregorio Laso de la Vega y de D.ª Juana de Balmaseda y Resio, más nobles que mimados de la fortuna. La niña salió bien inclinada y modesta, pero se resistió tenazmente por algún tiempo al estudio de las primeras letras, a pesar de su ingenio despejado. Embarcados sus padres para Cartagena de Indias cuando era aún muy pequeña, en la travesía las aprendió con el capellán del navío.

Apenas contaba seis años y ya manifestó tierna devoción a la Santísima Virgen y San José. Era muy inclinada a hacer altares con las estampas que le daban su madre y otras personas piadosas. Tuvo siempre un amor entrañable a sus padres y hermanos, y, no obstante cuando se sintió llamada al claustro teresiano, lo dejó todo con grande resolución y firmeza. Obtenida una dote para que pudiera entrar, vistió el hábito de la Virgen a la edad de quince años y siete meses, y tomó el nombre con que encabezan estas notas biográficas. Este día, tan feliz para ella, fue el 16 de julio de 1692, festividad de la Virgen del Carmen, de la que era devotísima. Candorosa como un ángel, se adaptó sin dificultad a la vida de carmelita e hizo un noviciado muy provechoso. El 20 de julio del siguiente año se unió a Dios con los santos votos, que la comunidad le dio muy agradada, presumiendo lo que había de ser en lo futuro.

Siempre se portó en San José de Cartagena con mucha cordura y religiosidad, de arte que cuando pidieron fundadoras para la nueva casa que se quería hacer en Cuba, la comunidad no dudó en señalar, por su talento y excelentes condiciones, a la H.ª Bárbara de Santa Catalina a pesar de sus pocos años. La religiosa recibió el nombramiento con humildad y rendida obediencia; y aunque se consideraba indigna, no quería que por ella se dificultase un proyecto de tanta gloria de Dios, sobre todo desde que oyó que una religiosa muy grave y santa del convento había tenido una aparición de la Santa y le había dicho: “ Hija, mucho me está costando la fundación de La Habana”.

Ya hemos dicho que cuando las Madres Fundadoras tocaron tierra cubana y recibieron aquella negra carta del fundador negándose a proseguir la obra y aconsejando a las religiosas se volvieran a su comunidad, la H.ª Bárbara fue la más decidida a continuar en la Isla, poniendo su confianza en Dios, que lo arreglaría todo convenientemente, como así sucedió, aunque con los trabajos que dejamos anteriormente descritos.

En la nueva fundación trabajó mucho y siempre con grande ánimo y esperanza de que había de resultar una de las buenas casas que Sta. Teresa tendría en América. En 1711 fue nombrada supriora, oficio que desempeño muy cumplidamente, siendo para la Madre Priora un verdadero descanso, por la habilidad y gracia que tenía para todo y por su grande puntualidad a los actos comunes. Tan estimables prendas descubrió en el oficio, que en 1714 hubo de encargarse del priorato, para el cual fue elegida de nuevo en 1720, año en que murió, como hemos visto, la M. Bárbara de la Trinidad. A partir de esta fecha, toda la vida de la comunidad pesó sobre nuestra religiosa, cuando contaba cuarenta y tres años de edad y los trabajos del convento aún no habían cesado. Pero su virtud, discreción y despejo triunfaron de todos los obstáculos y la M. Bárbara de Sta. Catalina fue una de las religiosas que mejor merecieron de esta comunidad antillana.

De su celo por la observancia deponen elocuentemente estas palabras del padre maestro dominico Fr. Juan Bautista, que la confesó muchos años: “ Fue mujer con espíritu de varón, incansable, mayormente para los rigores de la observancia, a cuya perfección anhelaba de suerte, que su continua oración era pedir a nuestro Señor auxiliase a todas sus hijas para que se afervorizasen cada día más en su santo servicio, sacrificando a su Majestad repetidas veces su vida y salud, porque no descaeciese un punto de observancia, a que las exhortaba con palabras y persuadía con ejemplos.”

“Fue priora treinta años, en cuyo tiempo ejercitó todas las virtudes con mucha perfección. Fue muy grande su mortificación, y para animar a sus hijas, les refería algunas de las extraordinarias que ella hacía, y así se supo que siempre traía en la boca cabalongas y cosas amargas, hasta llegar a gastar una gran porción de acíbar. Desde bien moza se ajustó al cuerpo un corpiño de cerdas y dos cilicios gruesos de alambres que la atormentaban con extremo, a que añadía largas y sangrientas disciplinas… En el silencio fue observantísima, y su inmensa caridad se extendía aún hasta las personas del mundo. Su oración fue elevadísima y sin intermisión y en ella recibió del Señor muchas y grandes mercedes”. Casos prodigiosos de limosnas que llegaban al torno de personas desconocidas cuando la comunidad se hallaba en algún apuro económico, se cuentan muchos durante el mando de la M. Bárbara.

Hablando de las Carmelitas de La Habana no podemos dejar de hacer mérito de la grande gloria que se han granjeado por la caridad maternal con que han acogido en su convento diversas comunidades de hermanas suyas de hábito, que gobiernos sectarios fueron expulsando de diversas repúblicas americanas, en revoluciones que se hicieron clásicas en el siglo XIX. La primera fue la de Cartagena de Indias, como en otro lugar se dirá, que, expulsadas violentamente en 1863  por el terrible general Mosquera, pidieron y hallaron asilo en sus hermanas de La Habana. Cuatro llegaron a esta casa, y las cuatro murieron en ella, puesto que el convento de Cartagena, de tan edificante memoria, no pudo restaurarse. Sus últimas religiosas se refugiaron en éste de Santa Teresa con la confianza que una madre se refugia en la casa de su hija cuando se ve arrojada de la propia. La confianza de las Descalzas de Cartagena no fue ciertamente defraudada por las de Cuba, que les prodigaron hasta morir los consuelos que pueden proporcionar las hijas más cariñosas y agradecidas.

Por las mismas tristes circunstancias que las de Cartagena pidieron asilo a La Habana las Descalzas de Bogotá, y también se les concedió con la más dulce caridad y liberalidad. Como a su tiempo se dirá, la comunidad bogoteña se dividió entre el convento de Sta. Teresa de Cuba y el de Descalzas de Consuegra en España. Varias de las que quedaron en Sta. Teresa fueron atacadas por el cólera. A pesar de la asistencia heroica de sus hermanas, algunas sucumbieron a la terrible enfermedad, entre ellas, la M. Magdalena de Santa Teresa, de distinguida familia colombiana. Once años estuvieron en este convento, hasta que en 1874 pudieron regresar a su país, rebosando gratitud a sus hermanas de La Habana (11).

También se hospedaron en esta casa por algún tiempo las Carmelitas Descalzas huidas de Caracas, pero de ellas desgraciadamente no ha quedado memoria particular de la comunidad de Santa Teresa, ni ha vuelto a restaurarse tampoco en la capital de Venezuela. Asimismo hallaron refugio en La Habana las Carmelitas desterradas de Guatemala, con la venerable M. Adelaida, la fundadora de Grajal, en España. Mas recientemente recibieron en su clausura a las Carmelitas de Querétaro, Tulacingo y Silao, que escaparon de la persecución de Méjico en busca de gobiernos menos sectarios, para poder seguir su vocación. La Santa, que tanto gustó y recomendó la hermandad entre sus hijas, premiará a sus Descalzas de la capital cubana estos actos hermosos de religiosa hospitalidad, que envuelven, además, dispendios no pequeños. ¡ Y con qué gusto y caridad los hacían las Descalzas habaneras!. Ciertamente estas páginas hospitalarias son de una belleza moral admirable.

Doscientos veintiséis años llevaban las Descalzas gozando de este convento, donde se habían santificado tantas jóvenes distinguidas de la hermosa capital de Cuba, cuando su crecimiento prodigioso, el movimiento ensordecedor del tráfico moderno de las grandes urbes y la edificación de casas muy altas en derredor de la morada teresiana, que la dominaban por completo, las obligaron, aunque con grande sentimiento, a levantar el vuelo y ponerse en sitio más tranquilo y a propósito para su vida y más al abrigo del registro y curiosidad de los seglares. Expuesto el deseo de la comunidad a las autoridades eclesiásticas y superiores de la Orden, vieron con  muy buenos ojos el deseo de las monjas y se dispusieron a ejecutarlo, comenzando por buscar sitio a propósito para su vida de retiro y oración. Halláronlo inmejorable en una loma soberbia del Vedado, con vistas al mar, en el barrio del Carmelo y en la calle 13, entre la 20 y 22. El 25 de marzo de 1916 se hizo la escritura de compra de los terrenos. Algunas dificultades que sobrevinieron después, impidieron la ejecución hasta el 24 de enero de 1926, en que con grande solemnidad se puso la primera piedra del convento.

Hoy dispone la comunidad de una morada muy suficiente y sólida, aunque con algunas intermitencias, debidas a la depresión dineraria que se produjo por esta época en todo el mundo, la cual mermó considerablemente los ingresos de la comunidad y las limosnas de sus devotos. Por fin se pudo terminar el convento, dejando la iglesia para tiempos mejores. Preparada convenientemente la nueva mansión, el 21 de noviembre de 1928 se trasladaron las religiosas a ella en automóviles cedidos por las familias más distinguidas de La Habana. Para evitar ruidos y aglomeramiento de gentes, el traslado se verificó muy de mañana. Llevóse el Stmo. Sacramento del convento antiguo al nuevo, y después de recorrer todos sus claustros y dependencias, se depositó en el oratorio interior de la comunidad hasta la edificación de la nueva iglesia. A continuación se celebró la primera misa por el P. Casimiro de la Sagrada Familia y comulgaron las religiosas. Era priora de la comunidad la M. María Josefa de Santa Teresa y supriora la M. Guillermina de Jesús Sacramentado (12). Es uno de los conventos mejor situados que tienen las Descalzas en parte alguna.

Por última vez fue electa priora la M. Bárbara, en 1752, año en que murió después de larga y penosa enfermedad, soportada con resignación de santa. Nadie la oyó quejar y eso que tuvo días de dolores incomportables. Bien preparada para el tránsito definitivo, pasó de esta vida a la eternidad el 11 de septiembre de dicho año de 1752. Tenía setenta y cinco años de edad y sesenta de hábito religioso. Su muerte fue sentidísima, no sólo por la comunidad, que había formado ella por completo en el espíritu carmelitano, sino en la ciudad, donde era muy conocida por su trato exquisito y muy venerada por sus acendradas virtudes.
Muchas son las religiosas que han florecido en esta casa, dignas de especial memoria, pero no disponemos de espacio para ello; bástanos saber, que las hijas de Santa Teresa de la Gran Antilla nada tienen que envidiar en amor a la Reforma y cumplimiento de sus santas leyes y costumbres a las comunidades más observantes.

Notas explicativas:

  1. Las notas están tomadas del rico archivo que posee la comunidad y de informes que han tenido la bondad de trasmitirse.
  2. No estaba sin duda bien asesorado D. Francisco de la costumbre de las Descalzas, que es tener dieciocho de velo negro y tres hermanas de obediencia. Así lo practicó siempre esta observantísima comunidad.
  3. Este venerable Prelado, verdadero padre de las Carmelitas, había nacido en 1635 en Santiago de Compostela. Tras una carrera eclesiástica brillante, regentó con mucho celo, la parroquia de Santiago, en Madrid, hasta que en 1685 fue promovido a la Sede de Santiago de Cuba. No había entonces obispo en La Habana, pero el Sr. Compostela pasó en ella casi toda su vida episcopal, dejando en la capital cubana imperecedera memoria por su celo pastoral, santa vida y prodigiosa actividad. Fue un verdadero apóstol. En el campo levantó numerosas parroquias y en La Habana una Casa-cuna (1687), el Colegio de San Francisco de Sales para niñas pobres (1688), el Seminario de Convalecencia de Belén, el Hospital de San Isidro y varias iglesias y monasterios. Los fieles decían de él, que Jesucristo convertía las piedras en limosnas, y el obispo Compostela las limosnas en piedras para templos, hospitales y centros de instrucción religiosa. Su caridad no tuvo límites. Don Diego murió a los 69 años de edad y 29 de episcopado. Quiso enterrarse en las Descalzas y así lo dejó dispuesto en su testamento, que se cumplió inhumando sus restos en la iglesia el 29de agosto de 1704.  Al trasladarse al nuevo convento, los llevaron consigo. Ordinariamente, los Prelados de La Habana han estimado siempre mucho a las hijas de Santa Teresa. Entre los bienhechores más distinguidos, cuentan al sacerdote D. Nicolás Fernández Treveos.
  4. Tratábase de gente de mar, libre, desarrapada y sin temor de Dios.
  5. Lo era D. Miguel Antonio Benavides y Piédrola, que otorgó gustoso su licencia el 2 de julio de 1700.
  6. La Madre Catalina Angela de San Alberto, la principal de las fundadoras, puso de su puño y letra en el Libro de Profesiones de La Habana: “El año de 1701, a 24 de noviembre, salí del convento con licencia del rey D. Carlos II y del ilustrísimo señor doctor D. Evelino de Compostela, mi dignísimo Obispo, y del doctor D. Francisco Moreno de Alba, nuestro fundador, y quedó hecha esta fundación en 18 de marzo del año 1702, conmigo y otras  dos compañeras que saqué de Cartagena. Que sea para mucho gloria de Nuestro Señor. Amén. Catalina Angela de San Alberto, Priora”
  7. También acotó un tramo de sepulturas para las educandas del Colegio de San Francisco de Sales, que él había fundado.
  8. La comunidad siempre ha considerado el 25 de enero como fecha de su establecimiento en La Habana, y la celebran con misa cantada y “Te Deum”.
  9. Al principio se llamó el convento de San José de Belén, pero luego entró el  pueblo por su verdadera denominación, que era la de Santa Teresa. Sobre la puerta del convento se veneró siempre una imagen de la Santa en mármol. Hoy la tienen en un patio interior del convento, que lleva su nombre.
  10.  En las Carmelitas de La Habana hubo antiguamente una copia incompleta y muy estropeada por la humedad de este cuaderno, pero hace tiempo que se perdió.
  11. Las Descalzas de La Habana conservan una carta muy afectuosa (13 de julio de 1874), del Gobernador eclesiástico de Bogotá, en que les da las más expresivas gracias en nombre de su arzobispo por la generosa y caritativa hospitalidad que habían otorgado a sus hermanas de hábito durante su destierro de Colombia.

Cita bibliográfica:
Tomado del libro “Historia del Carmen Descalzo” del P. Silverio de Sta. Teresa O.C.D. Tomo XIV (1879 – 1948).
Debemos aclarar que, las notas explicativas las hemos concebido en orden  consecutivo y al final del texto para hacer más fácil su lectura, aunque en el libro se expresan  por páginas.